viernes, 25 de octubre de 2013

Siete inventivas para interrogar






Conocí a Waldo Bode, librero de la ciudad de Rosario, por esas casualidades que ofrece la vida. Y ante las parlas que entablamos sobre disímiles literatos, lo descubrí. Yo desprovisto de expresiones, él discurriendo y adelantando mis incertidumbres, las cuales comentan que se consiguen con el tiempo.
No voy a monopolizar la palabra. Le pedí una reseña, y así la manifestó:


“Perdió todas las peleas por ahí y está convencido de no responder a la estadística sólo por su caprichosa decisión de aparecer siempre en el casillero de NS/NC. Lo cierto es que las encuestas se le imponen. Ya es nunca para él en infinidad de cuestiones, pero insiste. Escribe desde hace años “1/0”, un libro que cada vez es otro, y se jacta de las mutaciones que sufrió sin advertir que es lo mismo de nuevo. No cree en su biografía, seguramente porque no le conviene, y no vacila en interpretar su vida en lugar de transformarla. A Marx y Freud los reúne con Tarde, y prepara esa lectura haciendo caso omiso del chiste. Detenta las alusiones y detesta las ilusiones. Como se evidencia aquí, es poco lo que de él puede decirse”.

- Con precisión se reconoce, y en contextos oportunos,  a los libreros como eruditos de la diferentes prácticas discursivas, y  más aún en  literatura. Ante esta perspectiva preguntaría y apuntado a su caso específico: ¿En qué consiste el oficio del librero?

No, no, no hay libreros como hay dentistas. Hay gente que vende libros, alguna con oficio y otra sin él (otros se encargarán de decir entre quiénes me cuento). Hay libreros lectores, amantes de los libros, y otros que podrían vender caramelos o celulares con similar eficiencia. Entiendo que te referís al librero de viejo, y no a Cúspide, El Ateneo o Ross, pero incluso entre nosotros hay diferencias importantes. Y si en ocasiones hay erudición, no es de “prácticas discursivas”, sino más bien de títulos de libros, nombres de autores y de editoriales. A lo sumo, de tramas, argumentos y guiones ya digeridos en solapas y contratapas. Uno no tiene la más puta idea de mecánica cuántica, pero tiene que decirle a un ingeniero nuclear qué contiene el libro ofrecido, entonces lee el índice. Eso crea la ilusión a la que te referís, y que padecemos cuando los clientes nos piden opinión sobre lo que ignoramos. Hay cierta especialización, producto de los intereses de lectura o de formación. Entre los que hacemos la Feria de libreros de viejo en el C.C. R.F., se cuentan, hasta donde sé, un psicólogo, un cientista político, dos o tres licenciados en letras, un músico, un profesor de historia, un periodista… Algunos conocen de arte, otros de psicoanálisis o filosofía, alguno por ahí de ciencias exactas. Y fuera de ese ámbito, trato regularmente con un vendedor de libros analfabeto, al que voy a proponer para el Guiness de la rareza o del oxímoron.

- Hoy por hoy, siglo del auge de la mercantilización y desgaste aurático del arte: ¿Qué diferencia  halla entre aquellos libros que se encuentran en las grandes librerías comerciales, y aquellos libros que han pasado de mano en mano, de generación en generación, y que de algún modo tornan a reutilizarse en las prácticas de los libreros?

No sé, hay libros interesantes y libros que no lo son en todas las librerías, lo que cambia es la escala de exposición.

- Puede advertirse en el cartel de la foto “Librería Macedonio, compra, venta, canje”: ¿Por qué librería Macedonio? ¿Y qué ha significado Macedonio Fernández para la literatura Argentina, y primordialmente para usted?


No sé de su significado en la literatura argentina, de eso puede hablarte un profesor. Por lo demás, hablar de literatura argentina me genera sospecha; tiendo a suponer que situarla geográfica o políticamente es incorrecto. Sirve para ordenar anaqueles en la librería o cátedras en la facultad, pero no mucho más que eso. Pero, en fin, debe haber argumentos relevantes para sostener esa denominación. Llamaste a Macedonio y responde con su escritura: podría decirse que rompe con la teoría y con la práctica de la novela, sin que cuente la nacionalidad. Los 54 prólogos del Museo de la Novela de la Eterna borran cualquier demarcación, y en cierto sentido se anticipan en varias décadas a los mapamundis que ostentan las oficinas del Banco Mundial, en los que no se dibujan fronteras sino exclusivamente flujos de capital. Pero hay, claro, otras rupturas, otras experimentaciones.  No podría hablar del significado de Macedonio olvidando que ha dado al mundo,  o al menos a mí, una clave (que ni siquiera los maestros de la sospecha consiguieron formular con tanta belleza y precisión): “Nada puede decirse sobre algo que no sea otra cosa” –lo que me lleva ahora a responder  tardíamente a mi analista que la univocidad existe a veces, claro, pero nunca está sola. Y agregaría: elegí su nombre por una identificación temprana con su dejadez, su deambular en pensiones, su falta de ambiciones personales, su omniausencia, su risa amarga.

- Hoy con la masificación de los medios de comunicación y la aparición de las redes sociales, en donde las afecciones y la sociabilidad transcurren por allí: ¿Cree que esto ha repercutido en la disminución de los lectores?

Las redes sociales y la publicidad mediática y callejera  multiplican de modo exponencial la lectura y la escritura, el problema es cernir una cierta lectura, a qué llamamos lectores.  Podríamos reducirla a aquella práctica que otorga recursos simbólicos de naturaleza “humanista”.  Doy por sobreentendido que se trata de las “bellas letras”, pero no he constatado, en mi minúscula experiencia, que haya cambios cuantitativos; no sé cómo podría medirse eso como no sea por las tiradas editoriales y las ventas en las grandes cadenas, y esos datos podrían expresar incluso lo contrario. El fenómeno de la “autoayuda”, de lectura masiva y defenestrado por algunos círculos intelectuales,  no es homogéneo ni unívoco: ahí también circulan preguntas que deben aceptarse como legítimas. Hay literatura de masas hace siglos, además. Son las mismas masas que participan de lo que llamás “masificación de medios”.

- Usted me había mencionado en una ocasión que en el período de la dictadura cívico militar participada del centro de estudiante de su colegio: ¿Cómo fueron esos años?

En realidad fui elegido delegado en 1972, y el centro de estudiantes duró hasta mediados del ’74. La triple A secuestró y mató compañeros, otros fueron presos y los centros de estudiantes fueron ilegalizados.  Hay días, decía Lenin, en los que transcurren años. En esos días ví la masacre de Trelew (uno de los fusilados fue Alejandro Ulla, de Santa fe, adonde hice la secundaria), la presidencia de Cámpora, el retorno de Perón (es decir, “Ezeiza”), la atrocidad del golpe en Chile. Fue el tiempo de la política como tragedia, y todos sabemos que la historia se repite por lo menos dos veces. Después, el terror de la dictadura encerró a todos en sus casas y en sus cosas, y se volvieron obsoletas palabras como “imperialismo”, “revolución” o “pequeño- burgués”.  Así y todo, creo que lo que en Chile fue una derrota en un solo y prolongado acto -el del pinochetismo-, en Argentina tuvo su definitivo cierre recién en los ’90.  Y uno tiende a creer que debió matarse al maldito riojano. Dejame leerte algo del Ulises:


“¿Y si Pirro no hubiera caído por mano de una arpía o si julio César no hubiera muerto apuñalado? No se les puede suprimir con el pensamiento. El tiempo les ha marcado y, encadenados, residen en el espacio de las infinitas posibilidades que han desalojado. Pero, ¿pueden éstas haber sido posibles, visto que nunca han sido? ¿O era posible solamente lo que pasó? Teje, tejedor del viento.”

- Si tuviera que sugerir grandes escritores que lo han marcado: ¿Cuáles serían? y ¿Por qué?

Hay muchos, y no son necesariamente “grandes”. Mi lectura de ficción tuvo una guía temprana: Borges. Por leerlo a él accedí a muchos otros autores, entre ellos, claro, Macedonio, pero también Marcel Schwob y tantos otros (de lengua inglesa, mayormente) que ha antologado, prologado o traducido.  Por otras vías Arlt y Marechal, por supuesto, pero también Onetti y Rulfo y Carpentier y Lezama Lima y Guimaraes Rosa… No sé, hay muchos. Leí “europea”, pero prefiero nombrar latinoamericanos, para mejor contradecirme. Y predominantemente narradores,  aunque la poesía ocupó también un lugar: Cesar Vallejo, Paul Celan, Georg Trakl, Pessoa, Dylan Thomas, Lorca, y tantos otros…

- Finalizando la entrevista ¿En qué atenta un libro sobre la vida?

No sé. Lo que diga sería pura doxa, como la mayor parte de mis respuestas. Pero puedo contarte que leer el Manifiesto Comunista me hizo militante, que Foucault me permitió entender mi abominación de la medicina, que Psicopatología de la vida cotidiana me dejó vislumbrar la posibilidad de un análisis. Uno se engancha con algunas lecturas y con otras no. Admiro, por ejemplo, el budismo zen, pero nunca se me ocurrió alcanzar el Prajna. En mi juventud fui alternativamente Erdosain, Meursault, Aliosha, Harry Haller… Y bueno, no voy a olvidar que he repetido chistes de Inodoro Pereyra incansablemente, después de haber releído todas sus historietas. En un reportaje aparecido en una vieja revista Crisis, le preguntan a Inodoro qué piensa de la mujer. “¿De qué mujer? Si es de la ajena es fulero andar opinando, y si es de la Eulogia, ya ve, mejor no opinar un carajo”. Me gusta esa clase de silencio que viene con fundamentos, y la sagacidad del Negro, bueno, es un grande...





martes, 15 de octubre de 2013

Intimidades a un joven novelista

Por Bernabé De Vinsenci


Manuel Díaz nació el 25 de agosto de 1993 en Rosario, publicó los relatos Intimación y Monoambiente en Rosario/12, y la micronovela “Inquilinos” (2013) por la editorial uruguaya Trópico Sur. Escribió las novelas cortas “Asperger” (2012, mención del Concurso de Novela de Lamás Médula), “Milton” (2013), “La novela termina cuando no queda nadie” (2013, en co-autoría con Beatriz Vignoli), “La caspa del punk” (2013), y “Cntrl-C, Cntrl-V” (2013), que permanecen inéditas. Actualmente se encuentra la carrera de Letras en la UNR y toca en RastaURSS  (AfroRusia Tribute).


  



-Para dialogar más acerca de tu vínculo con la escritura me gustaría preguntarte: ¿Hace cuanto que escribís y si la misma lectura te llevó a hacerlo?

Escribo desde, más o menos, los trece años, sólo que empecé escribiendo poesía, como casi todos los que empiezan a escribir. Escribía romances, malísimos, claro, mientras leía a Lorca. Después seguí escribiendo poesía, hasta los diecisiete, más o menos, pero ya en una onda más Pizarnik. Escribí un poemario, a los dieciséis, que se llamaba La proeza de conseguir un taxi en la madrugada, que espero que nadie encuentre jamás. Y sí, podría decirse que la lectura misma fue la que me impulsó a escribir, y lecturas particulares, como Roberto Bolaño, que fue quien realmente me abrió las puertas a la literatura “mayor” .Encontré Los detectives salvajes en la biblioteca de mis padres y me deslumbró. A partir de ahí pude acceder a montones de textos y autores que desconocía, como, por ejemplo, Nicanor Parra, o Ezra Pound, dos de mis poetas favoritos. Después, o casi en simultáneo,  Macedonio Fernández, Joyce, Beckett, Mario Bellatin, Juan José Saer, Boris Vian, y algunos más, todos leídos en esa época, entre los catorce y los diecisiete años. En esa época leí compulsivamente, y me vinculé mucho con la literatura, apropiándome de todas esas lecturas, que fueron las que me llevaron a escribir más en serio, y ahí pasé a escribir prosa. Mi primer cuento lo escribí a los diecisiete años, y fue una especie de frankestein de los fragmentos que llevaba escritos hasta el momento, corregidos, editados e intercalados, claro, junto a algunos pasajes que eran nuevos, y se llamó Intimación. Tiempo después conocí a Thomas Bernhard, de  quien soy un lector fanático, y también fue una influencia enorme.

- Observando a los escritores que tienen tu edad, o sea, aquellos que de algún modo están en un proceso de escritura prematuro y que de cierta manera se hallan con múltiples debilidades a la hora de escribir. Sin embargo tu caso es disímil,  se alcanza a ver más bien una escritura madura: ¿Con qué crees que tiene que ver esto?

Yo no creo que mi caso sea disímil, ni que haya una edad para tener una escritura “madura” (lejos de compararme, Rimbaud dejó de escribir a los veintiún años…). Además, creo que hay muchísimos escritores de mi edad, o apenas más grandes, que tienen una escritura sumamente precisa y elaborada, de enorme calidad, como, por ejemplo, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti, Fidel Maguna, Marina Maggi, y tantos otros, conocidos o por conocer. Por otra parte, en otros campos del arte, como la música, por ejemplo, hay muchísimos chicos y jóvenes produciendo cosas increíbles. Creo que esos procesos productivos prematuros que decís podrían renombrarse como una ebullición productiva constante que resulta, o al menos así me parece, interesantísima. Un tiempo interesantísimo para los jóvenes, y para la producción en general. Basta con trabajar y moverse para que los resultados aparezcan.

-Si tuvieses que leerte a vos mismo: ¿Cómo definirías tu escritura?

No sé si podría definirla de alguna manera, o al menos de alguna manera buena, jaja. Creo que en mis textos hay una especie de estoicismo, por llamarlo de alguna manera. Algo que produce una disfunción entre los personajes y las situaciones, que recubre al relato con una película de irrealidad, de extrañamiento. De a ratos, ese estoicismo, puede resultar gracioso, y me gusta pensar que pueda ser así. En Asperger, mi primera novela, las situaciones son completamente inverosímiles, y los personajes, vagabundos en una ciudad en constante proceso de destrucción sísmica, andan sin ningún anclaje, ni con la realidad, ni con las situaciones, ni con ellos mismos. Después, más adelante, en otros textos de corte más realista (aunque no creo que mi escritura sea cien por ciento realista), las situaciones son bastante verosímiles, pero es la óptica desde la que se narra la que crea esa película de irrealidad de la que te hablaba antes, una óptica que se cuestiona implícita y constantemente si aquello que se está narrando puede llegar a ser realmente real.

-Voy a atreverme a realizarte una pregunta de lector a lector: ¿Crees que existen escritores que son canonizados y que no lo deberían estar, por ejemplo Julio Cortázar?

Sí, absolutamente. Cortázar es un buen ejemplo, Pizarnik, creo, es otro. Aunque he leído a ambos con bastante devoción hace algunos años, creo que están, por decirlo así, sobrevalorados. Sin embargo, me gustan cosas en sus obras, en Cortázar los cuentos, y en Pizarnik, algunos poemarios, como Árbol de Diana, o La última inocencia, así como Los poseídos entre lilas, que me parece una obra genial. Después, creo que Paul Auster está injustamente valorado, aunque lo poco que pude leer de su poesía me gustó bastante, pero sostengo que debería dejar de escribir novelas para dedicarse a escribir guiones de cine, que son fantásticos. De todas formas, escritores sobrevalorados, o canonizados, hubo en todas las épocas, supongo, y no le hacen mal a nadie, y está bien que existan, creo. Tampoco es mi intención meterme con los gustos de nadie, cada uno lee lo que tiene ganas y lo que lo hace feliz, y eso es lo que importa, al fin y al cabo.

-Mayormente en el siglo XX se ha dado  un vuelco definitivo en la novela; ya no se escriben las novelas de trescientas páginas sino novelas que a lo sumo alcanzan las cien páginas: ¿Por qué consideras que se dio este vuelco? ¿Es tu caso?

Yo creo que este vuelco de la novela hacia la brevedad tuvo bastante que ver con el auge del cine, que terminó por suplantar a las novelas largas. Sumado, claro, a un público lector que ya no tiene tiempo, como bien señala Andrés Caicedo en una entrevista, para sumergirse en una lectura de quince días, y que la novela, o el libro en general, tiene necesariamente que abreviarse hasta lo diminuto. Caicedo, y comparto su opinión, también dice que la música ha tenido que ver con este cambio en la longitud de la novela. Yo, personalmente, creo que las novelas largas, hoy en día, son completamente absurdas (quiero decir, escribirlas hoy en día, que se entienda, no estoy diciendo, de ninguna manera, que novelas como Crimen y Castigo, Lo rojo y lo negro, o La montaña mágica sean absurdas por ser largas, todo lo contrario); creo que la nouvelle es el género contemporáneo por excelencia, el único realmente viable hoy en día.
-Si menciono a Beckett: ¿Hay algo en vos de él?
Esperemos, jaja. Yo soy un gran admirador de Beckett, y esto tiene que ver con un amigo y escritor, Guillermo Bacchini, quien es el mayor fanático de Beckett que yo conozca, y gracias a quien conocí una gran cantidad de autores, como Bellatin o Bernhard. De Beckett, tomé o intenté tomar ese pesimismo contagioso y divertido, basado en una suerte de ironía, y la intención minimalista del último Beckett, del de, por ejemplo, Rumbo a peor (por otra parte, ése es un título maravilloso). Sin embargo, creo que en Beckett se articula una soledad máxima, imposible, que no está presente, creo, en mis textos. En Beckett hay una especie de imposibilidad de concebir siquiera al otro. Sin embargo, Beckett fue, y sigue siendo, una enrome revelación para mí, pero para encontrar realmente a alguien con algo de Beckett, hay que leer a Bacchini, de quien ahora en Poesía Argentina se publicó El ducto.

- Escribiste la novela “La novela termina cuando no queda nadie” en co-autoría con Beatriz Vignoli: ¿Cómo es tu relación con ella en cuanto a la literatura en general y con la escritura en particular?

A Bea la conocí hace dos años, más o menos, y desde entonces somos muy amigos. Tenemos una relación que, si bien tiene sus raíces en la literatura (yo me acerqué a ella por la literatura), la excede ampliamente. A ella es a una de las personas a las que primero le paso lo que escribo, y ella, y un grupito de amigos (Pedro Rapelli, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti) ofician de censores, jaja. Y les creo. Pero fue Bea la que primero vio algo en lo que escribo, y gracias a ella llegué a publicar, tanto en Rosario/12 como en Uruguay, en una editorial que también la publicó a ella este año (un libro muy bueno, Kelpers). Escribimos La novela termina cuando no queda nadie en febrero, en quince días, y fue una experiencia muy divertida. En ella veo a una mentora, alguien con quien discutir proyectos, ideas, alguien de quien aprendo mucho, y a una gran amiga, como te decía. Una relación que se retroalimenta constantemente.


-Quizá socialmente el trabajo del escritor está un poco desconsiderado: trabajo es aquello que requiere un pico o una pala ¿Cómo considerarías el oficio de escribir?

El oficio de escribir es como cualquier otro oficio, sólo que, en lugar de con un pico o una pala, se trabaja con un teclado que tiene letritas. Y sólo que rara vez se cobra un sueldo fijo. En cuanto a lo social, creo que al escritor, o al artista, lo sigue rodeando esa especie de aura, que lo constituye en un ser “especial” a la vista de la gente, lo cual es algo que me cae, personalmente, bastante mal. Uno no es especial por escribir, más allá de cómo se considere socialmente al escritor. Y si se puede considerar que el oficio de escribir está desconsiderado, es porque el escritor, por lo general, vive de otra cosa, es decir, el oficio de escribir no constituye, socialmente, un oficio en sí, sino un pasatiempo para cierto tipo de gente. También considero que esto no está bien, pero sostengo que el escritor no es el genio intocable, sino alguien común y corriente que canaliza una libido humana (no sobrenatural) a través de la escritura, como otros lo hacen yendo a tribunales, dando clases, o haciendo lo que sea que a uno le apasione.
-Para terminar. Si tuvieras que elegir un lugar para producir tus textos: ¿Cuál sería?

Mi casa, o la cocina de la casa de mi papá, que tiene una ventana gigante que da a toda una esquina, en un cuarto piso, y se está muy bien ahí. Pero creo que mi casa, sea donde sea que viva.