martes, 15 de octubre de 2013

Intimidades a un joven novelista

Por Bernabé De Vinsenci


Manuel Díaz nació el 25 de agosto de 1993 en Rosario, publicó los relatos Intimación y Monoambiente en Rosario/12, y la micronovela “Inquilinos” (2013) por la editorial uruguaya Trópico Sur. Escribió las novelas cortas “Asperger” (2012, mención del Concurso de Novela de Lamás Médula), “Milton” (2013), “La novela termina cuando no queda nadie” (2013, en co-autoría con Beatriz Vignoli), “La caspa del punk” (2013), y “Cntrl-C, Cntrl-V” (2013), que permanecen inéditas. Actualmente se encuentra la carrera de Letras en la UNR y toca en RastaURSS  (AfroRusia Tribute).


  



-Para dialogar más acerca de tu vínculo con la escritura me gustaría preguntarte: ¿Hace cuanto que escribís y si la misma lectura te llevó a hacerlo?

Escribo desde, más o menos, los trece años, sólo que empecé escribiendo poesía, como casi todos los que empiezan a escribir. Escribía romances, malísimos, claro, mientras leía a Lorca. Después seguí escribiendo poesía, hasta los diecisiete, más o menos, pero ya en una onda más Pizarnik. Escribí un poemario, a los dieciséis, que se llamaba La proeza de conseguir un taxi en la madrugada, que espero que nadie encuentre jamás. Y sí, podría decirse que la lectura misma fue la que me impulsó a escribir, y lecturas particulares, como Roberto Bolaño, que fue quien realmente me abrió las puertas a la literatura “mayor” .Encontré Los detectives salvajes en la biblioteca de mis padres y me deslumbró. A partir de ahí pude acceder a montones de textos y autores que desconocía, como, por ejemplo, Nicanor Parra, o Ezra Pound, dos de mis poetas favoritos. Después, o casi en simultáneo,  Macedonio Fernández, Joyce, Beckett, Mario Bellatin, Juan José Saer, Boris Vian, y algunos más, todos leídos en esa época, entre los catorce y los diecisiete años. En esa época leí compulsivamente, y me vinculé mucho con la literatura, apropiándome de todas esas lecturas, que fueron las que me llevaron a escribir más en serio, y ahí pasé a escribir prosa. Mi primer cuento lo escribí a los diecisiete años, y fue una especie de frankestein de los fragmentos que llevaba escritos hasta el momento, corregidos, editados e intercalados, claro, junto a algunos pasajes que eran nuevos, y se llamó Intimación. Tiempo después conocí a Thomas Bernhard, de  quien soy un lector fanático, y también fue una influencia enorme.

- Observando a los escritores que tienen tu edad, o sea, aquellos que de algún modo están en un proceso de escritura prematuro y que de cierta manera se hallan con múltiples debilidades a la hora de escribir. Sin embargo tu caso es disímil,  se alcanza a ver más bien una escritura madura: ¿Con qué crees que tiene que ver esto?

Yo no creo que mi caso sea disímil, ni que haya una edad para tener una escritura “madura” (lejos de compararme, Rimbaud dejó de escribir a los veintiún años…). Además, creo que hay muchísimos escritores de mi edad, o apenas más grandes, que tienen una escritura sumamente precisa y elaborada, de enorme calidad, como, por ejemplo, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti, Fidel Maguna, Marina Maggi, y tantos otros, conocidos o por conocer. Por otra parte, en otros campos del arte, como la música, por ejemplo, hay muchísimos chicos y jóvenes produciendo cosas increíbles. Creo que esos procesos productivos prematuros que decís podrían renombrarse como una ebullición productiva constante que resulta, o al menos así me parece, interesantísima. Un tiempo interesantísimo para los jóvenes, y para la producción en general. Basta con trabajar y moverse para que los resultados aparezcan.

-Si tuvieses que leerte a vos mismo: ¿Cómo definirías tu escritura?

No sé si podría definirla de alguna manera, o al menos de alguna manera buena, jaja. Creo que en mis textos hay una especie de estoicismo, por llamarlo de alguna manera. Algo que produce una disfunción entre los personajes y las situaciones, que recubre al relato con una película de irrealidad, de extrañamiento. De a ratos, ese estoicismo, puede resultar gracioso, y me gusta pensar que pueda ser así. En Asperger, mi primera novela, las situaciones son completamente inverosímiles, y los personajes, vagabundos en una ciudad en constante proceso de destrucción sísmica, andan sin ningún anclaje, ni con la realidad, ni con las situaciones, ni con ellos mismos. Después, más adelante, en otros textos de corte más realista (aunque no creo que mi escritura sea cien por ciento realista), las situaciones son bastante verosímiles, pero es la óptica desde la que se narra la que crea esa película de irrealidad de la que te hablaba antes, una óptica que se cuestiona implícita y constantemente si aquello que se está narrando puede llegar a ser realmente real.

-Voy a atreverme a realizarte una pregunta de lector a lector: ¿Crees que existen escritores que son canonizados y que no lo deberían estar, por ejemplo Julio Cortázar?

Sí, absolutamente. Cortázar es un buen ejemplo, Pizarnik, creo, es otro. Aunque he leído a ambos con bastante devoción hace algunos años, creo que están, por decirlo así, sobrevalorados. Sin embargo, me gustan cosas en sus obras, en Cortázar los cuentos, y en Pizarnik, algunos poemarios, como Árbol de Diana, o La última inocencia, así como Los poseídos entre lilas, que me parece una obra genial. Después, creo que Paul Auster está injustamente valorado, aunque lo poco que pude leer de su poesía me gustó bastante, pero sostengo que debería dejar de escribir novelas para dedicarse a escribir guiones de cine, que son fantásticos. De todas formas, escritores sobrevalorados, o canonizados, hubo en todas las épocas, supongo, y no le hacen mal a nadie, y está bien que existan, creo. Tampoco es mi intención meterme con los gustos de nadie, cada uno lee lo que tiene ganas y lo que lo hace feliz, y eso es lo que importa, al fin y al cabo.

-Mayormente en el siglo XX se ha dado  un vuelco definitivo en la novela; ya no se escriben las novelas de trescientas páginas sino novelas que a lo sumo alcanzan las cien páginas: ¿Por qué consideras que se dio este vuelco? ¿Es tu caso?

Yo creo que este vuelco de la novela hacia la brevedad tuvo bastante que ver con el auge del cine, que terminó por suplantar a las novelas largas. Sumado, claro, a un público lector que ya no tiene tiempo, como bien señala Andrés Caicedo en una entrevista, para sumergirse en una lectura de quince días, y que la novela, o el libro en general, tiene necesariamente que abreviarse hasta lo diminuto. Caicedo, y comparto su opinión, también dice que la música ha tenido que ver con este cambio en la longitud de la novela. Yo, personalmente, creo que las novelas largas, hoy en día, son completamente absurdas (quiero decir, escribirlas hoy en día, que se entienda, no estoy diciendo, de ninguna manera, que novelas como Crimen y Castigo, Lo rojo y lo negro, o La montaña mágica sean absurdas por ser largas, todo lo contrario); creo que la nouvelle es el género contemporáneo por excelencia, el único realmente viable hoy en día.
-Si menciono a Beckett: ¿Hay algo en vos de él?
Esperemos, jaja. Yo soy un gran admirador de Beckett, y esto tiene que ver con un amigo y escritor, Guillermo Bacchini, quien es el mayor fanático de Beckett que yo conozca, y gracias a quien conocí una gran cantidad de autores, como Bellatin o Bernhard. De Beckett, tomé o intenté tomar ese pesimismo contagioso y divertido, basado en una suerte de ironía, y la intención minimalista del último Beckett, del de, por ejemplo, Rumbo a peor (por otra parte, ése es un título maravilloso). Sin embargo, creo que en Beckett se articula una soledad máxima, imposible, que no está presente, creo, en mis textos. En Beckett hay una especie de imposibilidad de concebir siquiera al otro. Sin embargo, Beckett fue, y sigue siendo, una enrome revelación para mí, pero para encontrar realmente a alguien con algo de Beckett, hay que leer a Bacchini, de quien ahora en Poesía Argentina se publicó El ducto.

- Escribiste la novela “La novela termina cuando no queda nadie” en co-autoría con Beatriz Vignoli: ¿Cómo es tu relación con ella en cuanto a la literatura en general y con la escritura en particular?

A Bea la conocí hace dos años, más o menos, y desde entonces somos muy amigos. Tenemos una relación que, si bien tiene sus raíces en la literatura (yo me acerqué a ella por la literatura), la excede ampliamente. A ella es a una de las personas a las que primero le paso lo que escribo, y ella, y un grupito de amigos (Pedro Rapelli, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti) ofician de censores, jaja. Y les creo. Pero fue Bea la que primero vio algo en lo que escribo, y gracias a ella llegué a publicar, tanto en Rosario/12 como en Uruguay, en una editorial que también la publicó a ella este año (un libro muy bueno, Kelpers). Escribimos La novela termina cuando no queda nadie en febrero, en quince días, y fue una experiencia muy divertida. En ella veo a una mentora, alguien con quien discutir proyectos, ideas, alguien de quien aprendo mucho, y a una gran amiga, como te decía. Una relación que se retroalimenta constantemente.


-Quizá socialmente el trabajo del escritor está un poco desconsiderado: trabajo es aquello que requiere un pico o una pala ¿Cómo considerarías el oficio de escribir?

El oficio de escribir es como cualquier otro oficio, sólo que, en lugar de con un pico o una pala, se trabaja con un teclado que tiene letritas. Y sólo que rara vez se cobra un sueldo fijo. En cuanto a lo social, creo que al escritor, o al artista, lo sigue rodeando esa especie de aura, que lo constituye en un ser “especial” a la vista de la gente, lo cual es algo que me cae, personalmente, bastante mal. Uno no es especial por escribir, más allá de cómo se considere socialmente al escritor. Y si se puede considerar que el oficio de escribir está desconsiderado, es porque el escritor, por lo general, vive de otra cosa, es decir, el oficio de escribir no constituye, socialmente, un oficio en sí, sino un pasatiempo para cierto tipo de gente. También considero que esto no está bien, pero sostengo que el escritor no es el genio intocable, sino alguien común y corriente que canaliza una libido humana (no sobrenatural) a través de la escritura, como otros lo hacen yendo a tribunales, dando clases, o haciendo lo que sea que a uno le apasione.
-Para terminar. Si tuvieras que elegir un lugar para producir tus textos: ¿Cuál sería?

Mi casa, o la cocina de la casa de mi papá, que tiene una ventana gigante que da a toda una esquina, en un cuarto piso, y se está muy bien ahí. Pero creo que mi casa, sea donde sea que viva.

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