Intimidades a un joven novelista
Por Bernabé De Vinsenci
Manuel Díaz nació el 25 de
agosto de 1993 en Rosario, publicó los relatos Intimación y Monoambiente en
Rosario/12, y la micronovela “Inquilinos”
(2013) por la editorial uruguaya Trópico Sur. Escribió las novelas cortas “Asperger” (2012, mención del Concurso
de Novela de Lamás Médula), “Milton” (2013),
“La novela termina cuando no queda nadie” (2013, en
co-autoría con Beatriz Vignoli), “La
caspa del punk” (2013), y “Cntrl-C,
Cntrl-V” (2013), que permanecen inéditas. Actualmente se encuentra la
carrera de Letras en la UNR y toca en RastaURSS
(AfroRusia Tribute).
-Para dialogar
más acerca de tu vínculo con la escritura me gustaría preguntarte: ¿Hace cuanto
que escribís y si la misma lectura te llevó a hacerlo?
Escribo
desde, más o menos, los trece años, sólo que empecé escribiendo poesía, como
casi todos los que empiezan a escribir. Escribía romances, malísimos, claro,
mientras leía a Lorca. Después seguí escribiendo poesía, hasta los diecisiete,
más o menos, pero ya en una onda más Pizarnik. Escribí un poemario, a los
dieciséis, que se llamaba La proeza de conseguir un taxi en la madrugada, que
espero que nadie encuentre jamás. Y sí, podría decirse que la lectura misma fue
la que me impulsó a escribir, y lecturas particulares, como Roberto Bolaño, que
fue quien realmente me abrió las puertas a la literatura “mayor” .Encontré Los
detectives salvajes en la biblioteca de mis padres y me deslumbró. A partir de
ahí pude acceder a montones de textos y autores que desconocía, como, por
ejemplo, Nicanor Parra, o Ezra Pound, dos de mis poetas favoritos. Después, o
casi en simultáneo, Macedonio Fernández,
Joyce, Beckett, Mario Bellatin, Juan José Saer, Boris Vian, y algunos más,
todos leídos en esa época, entre los catorce y los diecisiete años. En esa
época leí compulsivamente, y me vinculé mucho con la literatura, apropiándome
de todas esas lecturas, que fueron las que me llevaron a escribir más en serio,
y ahí pasé a escribir prosa. Mi primer cuento lo escribí a los diecisiete años,
y fue una especie de frankestein de los fragmentos que llevaba escritos hasta
el momento, corregidos, editados e intercalados, claro, junto a algunos pasajes
que eran nuevos, y se llamó Intimación. Tiempo después conocí a Thomas
Bernhard, de quien soy un lector
fanático, y también fue una influencia enorme.
- Observando a
los escritores que tienen tu edad, o sea, aquellos que de algún modo están en
un proceso de escritura prematuro y que de cierta manera se hallan con
múltiples debilidades a la hora de escribir. Sin embargo tu caso es disímil, se alcanza a ver más bien una escritura
madura: ¿Con qué crees que tiene que ver esto?
Yo
no creo que mi caso sea disímil, ni que haya una edad para tener una escritura
“madura” (lejos de compararme, Rimbaud dejó de escribir a los veintiún años…).
Además, creo que hay muchísimos escritores de mi edad, o apenas más grandes,
que tienen una escritura sumamente precisa y elaborada, de enorme calidad,
como, por ejemplo, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti, Fidel Maguna,
Marina Maggi, y tantos otros, conocidos o por conocer. Por otra parte, en otros
campos del arte, como la música, por ejemplo, hay muchísimos chicos y jóvenes
produciendo cosas increíbles. Creo que esos procesos productivos prematuros que
decís podrían renombrarse como una ebullición productiva constante que resulta,
o al menos así me parece, interesantísima. Un tiempo interesantísimo para los
jóvenes, y para la producción en general. Basta con trabajar y moverse para que
los resultados aparezcan.
-Si tuvieses que
leerte a vos mismo: ¿Cómo definirías tu escritura?
No
sé si podría definirla de alguna manera, o al menos de alguna manera buena,
jaja. Creo que en mis textos hay una especie de estoicismo, por llamarlo de
alguna manera. Algo que produce una disfunción entre los personajes y las
situaciones, que recubre al relato con una película de irrealidad, de
extrañamiento. De a ratos, ese estoicismo, puede resultar gracioso, y me gusta
pensar que pueda ser así. En Asperger, mi primera novela, las situaciones son
completamente inverosímiles, y los personajes, vagabundos en una ciudad en
constante proceso de destrucción sísmica, andan sin ningún anclaje, ni con la
realidad, ni con las situaciones, ni con ellos mismos. Después, más adelante,
en otros textos de corte más realista (aunque no creo que mi escritura sea cien
por ciento realista), las situaciones son bastante verosímiles, pero es la
óptica desde la que se narra la que crea esa película de irrealidad de la que
te hablaba antes, una óptica que se cuestiona implícita y constantemente si
aquello que se está narrando puede llegar a ser realmente real.
-Voy a atreverme
a realizarte una pregunta de lector a lector: ¿Crees que existen escritores que
son canonizados y que no lo deberían estar, por ejemplo Julio Cortázar?
Sí,
absolutamente. Cortázar es un buen ejemplo, Pizarnik, creo, es otro. Aunque he
leído a ambos con bastante devoción hace algunos años, creo que están, por
decirlo así, sobrevalorados. Sin embargo, me gustan cosas en sus obras, en
Cortázar los cuentos, y en Pizarnik, algunos poemarios, como Árbol de Diana, o La
última inocencia, así como Los poseídos entre lilas, que me parece una obra
genial. Después, creo que Paul Auster está injustamente valorado, aunque lo
poco que pude leer de su poesía me gustó bastante, pero sostengo que debería
dejar de escribir novelas para dedicarse a escribir guiones de cine, que son
fantásticos. De todas formas, escritores sobrevalorados, o canonizados, hubo en
todas las épocas, supongo, y no le hacen mal a nadie, y está bien que existan,
creo. Tampoco es mi intención meterme con los gustos de nadie, cada uno lee lo
que tiene ganas y lo que lo hace feliz, y eso es lo que importa, al fin y al
cabo.
-Mayormente en
el siglo XX se ha dado un vuelco
definitivo en la novela; ya no se escriben las novelas de trescientas páginas
sino novelas que a lo sumo alcanzan las cien páginas: ¿Por qué consideras que
se dio este vuelco? ¿Es tu caso?
Yo
creo que este vuelco de la novela hacia la brevedad tuvo bastante que ver con
el auge del cine, que terminó por suplantar a las novelas largas. Sumado,
claro, a un público lector que ya no tiene tiempo, como bien señala Andrés
Caicedo en una entrevista, para sumergirse en una lectura de quince días, y que
la novela, o el libro en general, tiene necesariamente que abreviarse hasta lo
diminuto. Caicedo, y comparto su opinión, también dice que la música ha tenido
que ver con este cambio en la longitud de la novela. Yo, personalmente, creo
que las novelas largas, hoy en día, son completamente absurdas (quiero decir,
escribirlas hoy en día, que se entienda, no estoy diciendo, de ninguna manera,
que novelas como Crimen y Castigo, Lo rojo y lo negro, o La montaña mágica sean
absurdas por ser largas, todo lo contrario); creo que la nouvelle es el género
contemporáneo por excelencia, el único realmente viable hoy en día.
-Si
menciono a Beckett: ¿Hay algo en vos de él?
Esperemos,
jaja. Yo soy un gran admirador de Beckett, y esto tiene que ver con un amigo y
escritor, Guillermo Bacchini, quien es el mayor fanático de Beckett que yo
conozca, y gracias a quien conocí una gran cantidad de autores, como Bellatin o
Bernhard. De Beckett, tomé o intenté tomar ese pesimismo contagioso y
divertido, basado en una suerte de ironía, y la intención minimalista del
último Beckett, del de, por ejemplo, Rumbo a peor (por otra parte, ése es un
título maravilloso). Sin embargo, creo que en Beckett se articula una soledad
máxima, imposible, que no está presente, creo, en mis textos. En Beckett hay
una especie de imposibilidad de concebir siquiera al otro. Sin embargo, Beckett
fue, y sigue siendo, una enrome revelación para mí, pero para encontrar
realmente a alguien con algo de Beckett, hay que leer a Bacchini, de quien
ahora en Poesía Argentina se publicó El ducto.
- Escribiste la
novela “La novela termina cuando no queda nadie” en co-autoría con Beatriz
Vignoli: ¿Cómo es tu relación con ella en cuanto a la literatura en general y
con la escritura en particular?
A
Bea la conocí hace dos años, más o menos, y desde entonces somos muy amigos.
Tenemos una relación que, si bien tiene sus raíces en la literatura (yo me
acerqué a ella por la literatura), la excede ampliamente. A ella es a una de
las personas a las que primero le paso lo que escribo, y ella, y un grupito de
amigos (Pedro Rapelli, Santiago Hernández Aparicio, Franco Bedetti) ofician de
censores, jaja. Y les creo. Pero fue Bea la que primero vio algo en lo que
escribo, y gracias a ella llegué a publicar, tanto en Rosario/12 como en
Uruguay, en una editorial que también la publicó a ella este año (un libro muy
bueno, Kelpers). Escribimos La novela termina cuando no queda nadie en febrero,
en quince días, y fue una experiencia muy divertida. En ella veo a una mentora,
alguien con quien discutir proyectos, ideas, alguien de quien aprendo mucho, y
a una gran amiga, como te decía. Una relación que se retroalimenta
constantemente.
-Quizá
socialmente el trabajo del escritor está un poco desconsiderado: trabajo es aquello
que requiere un pico o una pala ¿Cómo considerarías el oficio de escribir?
El
oficio de escribir es como cualquier otro oficio, sólo que, en lugar de con un
pico o una pala, se trabaja con un teclado que tiene letritas. Y sólo que rara
vez se cobra un sueldo fijo. En cuanto a lo social, creo que al escritor, o al
artista, lo sigue rodeando esa especie de aura, que lo constituye en un ser
“especial” a la vista de la gente, lo cual es algo que me cae, personalmente,
bastante mal. Uno no es especial por escribir, más allá de cómo se considere
socialmente al escritor. Y si se puede considerar que el oficio de escribir
está desconsiderado, es porque el escritor, por lo general, vive de otra cosa,
es decir, el oficio de escribir no constituye, socialmente, un oficio en sí,
sino un pasatiempo para cierto tipo de gente. También considero que esto no
está bien, pero sostengo que el escritor no es el genio intocable, sino alguien
común y corriente que canaliza una libido humana (no sobrenatural) a través de
la escritura, como otros lo hacen yendo a tribunales, dando clases, o haciendo
lo que sea que a uno le apasione.
-Para terminar.
Si tuvieras que elegir un lugar para producir tus textos: ¿Cuál sería?
Mi
casa, o la cocina de la casa de mi papá, que tiene una ventana gigante que da a
toda una esquina, en un cuarto piso, y se está muy bien ahí. Pero creo que mi
casa, sea donde sea que viva.

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